Hay deportistas que trascienden el resultado. Que convierten una disciplina en símbolo y una victoria en identidad colectiva. Jefferson Pérez pertenece a esa estirpe escasa. Su nombre no solo está asociado a la marcha atlética; está ligado a la construcción de un orgullo nacional en Ecuador y al reconocimiento global de una especialidad históricamente exigente.
Cuando cruzó la meta en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, no solo ganó una medalla de oro. Firmó un punto de inflexión en la historia de su país. Era la primera vez que Ecuador subía a lo más alto del podio olímpico. Y lo hacía en una prueba -los 20 kilómetros marcha- que exige más que potencia. Requiere disciplina, técnica, resistencia mental y una comprensión casi filosófica del esfuerzo.
Aquella imagen -Pérez con el gesto contenido, la emoción apenas sostenida- sigue siendo una de las estampas más poderosas del deporte latinoamericano. No hubo excesos. Solo la serenidad del que sabe que ha cumplido.
Y, sin embargo, la emoción era inmensa. Tanta, que el periodista Víto Muñoz no pudo contenerla: su narración del momento, entre lágrimas, quedó grabada para siempre en el recuerdo y en el corazón de todos los ecuatorianos y de cuantos aman el atletismo.
El deportista: rigor, método y convicción
Hablar de Jefferson Pérez es hablar de técnica. De obsesión por el detalle. Su trayectoria no se explica únicamente por el talento, sino por una ética del trabajo que le permitió sostenerse en la élite durante más de una década.
Su dominio continental fue el primer indicio de esa constancia. El oro en el Campeonato Panamericano de Mar del Plata 1995 fue el trampolín hacia Atlanta, y tras el oro olímpico siguieron dos títulos en Juegos Panamericanos -Santo Domingo 2003 y Río de Janeiro 2007- y el triunfo en los Juegos Sudamericanos de Lima 2000.
A ello se suman tres Copas del Mundo de Marcha -Poděbrady 1997, Turín 2002 y Naumburg 2004- y tres Campeonatos del Mundo consecutivos -París 2003 (donde logró el récord del mundo), Helsinki 2005 y Osaka 2007-, que le consolidaron como uno de los grandes dominadores de la especialidad en el siglo XXI.
Y en Pekín 2008, ya en el ocaso de su carrera, regresó al podio olímpico con una medalla de plata que cerró su trayectoria con la grandeza que la había definido.
El reconocimiento llegó también desde España: ese mismo año de Atlanta, los Reyes le distinguieron como Mejor Deportista Iberoamericano de 1996, un vínculo con el país que, como se verá, iría mucho más allá del deporte.
Él mismo ha reflexionado sobre las claves de esa longevidad: “Cuando se generan oportunidades, uno debe estar preparado para ellas”, afirmó evocando su infancia trabajadora en Cuenca como una escuela de vida más que como un obstáculo. Y también: “Muchas veces el rival más fuerte es aquel que veo día a día en el espejo”. Dos frases que, juntas, retratan mejor que cualquier estadística la filosofía que sostuvo su carrera.
“Cuando gané mi tercer título mundial en Osaka, un periodista me preguntó: ‘Eres el primer marchador de la historia en ganar tres mundiales consecutivos. ¿Qué es lo que buscas?’. Y le respondí: ‘No vine en búsqueda de medallas, sino en busca de la excelencia’”.
Más allá del palmarés, hay una constante en su figura: la coherencia. Pérez siempre entendió el deporte como un proceso integral: cuerpo, mente y valores. En un entorno donde el reconocimiento puede distorsionar trayectorias, él eligió la sobriedad. En lugar de ruido, constancia. En lugar de exposición vacía, legado. Como resumió en una frase que se convirtió en divisa: “No son grandes hombres por la altura que tengan, sino por los sueños que alcancen”.

El hombre: raíces, identidad y sentido
Para entender a Jefferson Pérez hay que mirar a Cuenca. Su ciudad. Su origen. Allí se forja una personalidad que combina disciplina andina, sentido de colectividad y una profunda conexión con la tierra.
Nunca ha renegado de sus raíces. Al contrario, las ha reivindicado como parte esencial de su éxito. Su figura ha servido para cohesionar a generaciones de ecuatorianos dentro y fuera del país, convirtiéndose en un referente deportivo, social y cultural.
Su impacto en la diáspora es especialmente significativo. En ciudades como Madrid, donde la comunidad ecuatoriana es numerosa y activa, Pérez no es solo un campeón: es un símbolo. Un vínculo emocional con el país de origen. Un espejo en el que reconocerse.
Hay en él una cualidad poco frecuente: la capacidad de representar sin impostura. De ser cercano sin perder autoridad. De inspirar sin necesidad de discurso grandilocuente.
España: un territorio emocional
La relación de Jefferson Pérez con España no es circunstancial. Es estructural. A lo largo de su carrera compitió en numerosas ocasiones en suelo español, encontrando aquí un entorno propicio para el desarrollo de la marcha atlética, disciplina históricamente arraigada en el país.
De hecho, fue precisamente en Murcia, en septiembre de 2008, donde disputó la final del Challenge Mundial que marcó su retirada del atletismo profesional.
Pero hay un vínculo más profundo: su paso por la Universidad de Salamanca y el IE de Madrid. Esa experiencia académica y vital reforzó su conexión con España, generando un lazo que trasciende lo deportivo.
Madrid, en particular, se ha convertido en un escenario natural para su figura. No solo por la proyección internacional de una prueba como Madrid Marcha, sino por la presencia de una comunidad ecuatoriana que reconoce en él a su gran referente.
Ese cruce de caminos -deporte, ciudad, identidad- convierte cada aparición de Pérez en España en algo más que un acto institucional. Es un reencuentro.
El dirigente: una nueva etapa
Tras su retirada, Jefferson Pérez no se diluyó en la memoria. Optó por seguir vinculado al deporte desde otra perspectiva: la gestión.
El 22 de mayo de 2025, Pérez fue elegido presidente de la Federación Ecuatoriana de Atletismo para el periodo 2025-2029, con seis votos a favor y uno en contra, en una elección avalada por World Athletics. Ese mismo año había sido designado primer vicepresidente del Comité Olímpico Ecuatoriano, consolidando su posición como figura clave en la estructura institucional del deporte de su país.
Un tránsito natural, pero no exento de complejidad. Pasar de la élite competitiva a la dirección institucional exige un cambio de lenguaje, de prioridades y de herramientas.
Sus primeras palabras al frente de la federación marcaron el tono: “Hago un llamado a todo el atletismo del Ecuador. Hoy necesitamos unirnos más que nunca, porque nuestros deportistas nos exigen cosas mucho más competitivas, y para eso necesitamos el apoyo de todos”.
Su figura aporta algo que no se puede fabricar: legitimidad. La de quien ha estado en la pista, ha soportado la presión y ha comprendido las necesidades reales del atleta.
La nueva directiva que le acompaña combina experiencia olímpica y compromiso generacional, con nombres como la maratonista Paola Bonilla como vicepresidenta y atletas olímpicos como David Hurtado y el entrenador olímpico Julio Chuqui.
El reto es ambicioso: modernizar estructuras, impulsar el talento joven, mejorar la proyección internacional y consolidar un modelo sostenible. En un contexto latinoamericano donde las federaciones deportivas enfrentan desafíos estructurales, su liderazgo puede marcar una diferencia. No se trata solo de dirigir. Se trata de transformar.
Latinoamérica y el mundo: un referente permanente
La figura de Jefferson Pérez trasciende Ecuador. Es un icono del deporte latinoamericano. Un referente que ha demostrado que, desde contextos menos favorecidos, es posible alcanzar la excelencia global.
En el ámbito internacional, su nombre está inscrito junto a los grandes de la marcha. Pero, a diferencia de otros, su legado no se limita a las marcas o a los títulos. Se mide también en influencia. En la capacidad de haber elevado la visibilidad de su disciplina y de haber abierto camino a nuevas generaciones.
Su discurso -siempre centrado en el esfuerzo, la honestidad y la responsabilidad- mantiene plena vigencia en un deporte que busca referentes creíbles.
Un discurso que ha motivado a la organización de Madrid Marcha a ir más allá del reconocimiento a sus méritos deportivos. Como Jefferson Pérez, Madrid Marcha busca la excelencia y ser referente mundial de la disciplina: un espacio para los marchadores y sus conquistas. Por ello, nadie mejor que él para representarla como Embajador para América Latina.
Epílogo: el mismo paso, distinto escenario
Jefferson Pérez sigue caminando. Ya no lo hace sobre el asfalto de una competición, sino en el terreno -más complejo, más incierto- de la gestión deportiva. Pero el ritmo, en esencia, es el mismo: constancia, método y coherencia.
En un tiempo donde las figuras públicas se construyen a golpe de exposición, él sigue representando algo más sólido: la autoridad que nace del ejemplo.
Y quizás ahí resida la clave de su permanencia. En haber entendido que el verdadero triunfo no es llegar primero, sino dejar una huella que otros puedan seguir.
